"Hijo, tus pecados te son perdonados". Jesús resalta en este versículo la relación entre la fe y el perdón de los pecados. En este Evangelio, Jesucristo en vez de un milagro obró dos, de los cuales el primero fue el más grande y el segundo el más perceptible y la prueba visible de su divinidad.
Primer milagro. Es el perdón de los pecados. Jesús da a conocer que todas las enfermedades humanas tienen su origen en el pecado. El paralítico del Evangelio es la imagen cabal de todos los hombres, desde Adán hasta nosotros sin más excepción que la Santísima Virgen. Todos menos Ella hemos llevado el pecado original y hemos cometido pecados personales. El panorama sería desolador si Dios no se hubiera apiadado del hombre. Pero "Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva". Toda la historia de la salvación es una cadena ininterrumpida de actos de misericordia de Dios a favor de los hombres. El Evangelio de hoy es un eslabón en una cadena. En él Jesucristo revela que quiere y puede perdonar los pecados.
Segundo milagro. Sana al paralítico. Jesús conoció enseguida los pensamientos de los fariseos. Por eso les dijo: "¿qué es más fácil decir al paralítico: ?tus pecados te son perdonados? o ?levántate, toma tu camilla y camina??" Jesús ya había demostrado que era Dios, perdonando los pecados, pero para que fuera visible que Él era quien decía ser, Dios, cura al paralítico de su parálisis corporal.
Reflexionemos
Imitemos al paralítico que, acatando la palabra de Jesús, se levanta solo, y sin que nadie le ayude, a la vista de todos, carga con su camilla y toma el camino de su casa, publicando las misericordias de Dios... Cuando ese mismo Jesús -a través de sus ministros- nos mira profundamente y nos perdona nuestros pecados, ¿manifiesta nuestra conducta la santidad y nuestro reconocimiento? ¿Nos levantamos de la tierra? ¿Salimos de nuestros malos hábitos y de nuestra relajación, de nuestra tibieza y de nuestra parálisis?